Violencias sutiles que nadie quiere nombrar

Por Luis Daniel Londoño Silva
Mgtr. Violencia Doméstica| Humanizar Creando | dalonsi@gmail.com


Introducción: cuando el daño no hace ruido

No todas las relaciones violentas dejan moretones. Algunas dejan algo más difícil de explicar y más fácil de negar: confusión, culpa, miedo a hablar, cansancio emocional y una sensación persistente de no ser suficiente.

Hay personas que llegan a terapia, a la oración o al silencio diciendo: «No sé qué me pasa, pero no estoy bien». No han sido golpeadas, no han sido insultadas de forma abierta, no han sido amenazadas. Y, sin embargo, por dentro algo se ha ido apagando.

Este artículo quiere poner palabras donde durante años solo hubo normalización. Porque nombrar la violencia invisible es el primer acto de sanación.

1. Más allá de la violencia evidente

Durante mucho tiempo aprendimos a identificar la violencia únicamente cuando aparece el grito, el golpe o la humillación explícita. Esa mirada limitada ha dejado fuera una forma de daño mucho más frecuente y culturalmente aceptada: la violencia sutil, cotidiana, silenciosa.

Son relaciones que no parecen tóxicas desde afuera, pero que desde adentro erosionan la identidad. Relaciones donde no se prohíbe, pero se condiciona; no se agrede, pero se desgasta; no se domina de forma abierta, pero se controla lentamente.

“Las relaciones más dañinas no siempre son las más visibles, sino aquellas en las que la persona va perdiendo la confianza en sí misma sin saber exactamente por qué”.
— María Jesús Álava Reyes

2. La descalificación emocional: cuando sentir es el problema

Una de las violencias más comunes es la invalidación emocional. No se te dice que estás mal como persona, pero sí que lo que sientes no es válido.

  • “Exageras”
  • “Siempre dramatizas”
  • “Eso no fue para tanto”
  • “pareces histérica”

El mensaje es claro: el problema no es lo que pasa, sino tu manera de sentirlo. Con el tiempo, la persona aprende a desconfiar de su propio mundo interior, empieza a callar y a minimizar lo que le duele. Y lo peor, asume la situación como propia lo que hace que sea manipulada todo el tiempo, porque en el fondo, se "entregó" al "enemigo" y le da toda la razón en sus criticas: estamos a las puertas de un feminicidio. 

3. El control disfrazado de cuidado

Otra forma de violencia sutil es el control que se presenta como preocupación o amor.

  • “No es buena idea que vayas”
  • “Yo solo quiero cuidarte”
  • “Nadie te va a querer como yo”

Aquí no hay órdenes explícitas, pero sí una dirección clara: reducir el mundo del otro, aislarlo poco a poco, hacerle sentir que sin esa relación no sabrá sostenerse. Considero que es la más pervera de la actitudes. A ella le toca quedarse siendo una esclava porque "se  convence" que, en efecto, sin su pareja no puede hacer nada en la vida. Qué horror. Esta es una nueva forma de esclavitud. 

“La forma más eficaz de dominación es aquella que no se percibe como tal”.
— Byung-Chul Han

4. El silencio como castigo

No todas las agresiones usan palabras. Algunas usan su ausencia. El silencio prolongado, la indiferencia, la retirada afectiva después de un conflicto se convierten en mecanismos de castigo. La persona aprende que hablar tiene un costo emocional alto. 

El silencio deja de ser espacio de encuentro y se convierte en arma.

5. La culpa permanente

  • “Si no reaccionaras así…”
  • “Tú sabes cómo me pones”

El daño existe, pero siempre es culpa de quien lo señala. Esto produce desgaste psíquico profundo y una sensación de estar siempre en deuda.

“La culpa sostenida en el tiempo es una de las formas más eficaces de control emocional”.
— Jorge Bucay

6. La espiritualización del aguante

En contextos religiosos o espirituales, esta violencia puede adquirir una forma especialmente peligrosa: el sufrimiento se convierte en virtud. Como teólogo, considero que es un juego macabro que leiona la fibra más íntimas del ser. Se pone a Dios como un  validador de la violencia. Tantas veces escuché una expresión que siempre chocaba con los sanos principios: "Sufre en silencio, ahí te puedes santificar". No creo que Dios quiera personas esclavas como sinónimo de santidad: 

  • “Eso es cargar la cruz”
  • “Dios te pide paciencia”
  • “El amor todo lo soporta”
“Una espiritualidad que no humaniza, deshumaniza”.
— José Antonio Pagola

7. Impacto en la salud mental: cuando el daño e vuelve interno

Las relaciones que no golpean, pero destruyen, suelen tener un impacto profundo y sostenido en la salud mental. No se trata de crisis visibles o colapsos inmediatos, sino de un desgaste progresivo que muchas veces pasa inadvertido incluso para quien lo vive.

Cuando una persona se ve obligada a callar reiteradamente lo que siente, piensa o necesita, el conflicto no desaparece: se internaliza. La tensión que no encuentra palabra termina buscando otros caminos de expresión.
Ansiedad crónica, no siempre asociada a un evento puntual, sino a una sensación constante de alerta, de “caminar sobre terreno frágil”.
Síntomas psicosomáticos, como dolores de cabeza, contracturas musculares, problemas gastrointestinales o cansancio persistente, donde el cuerpo expresa lo que la palabra no pudo.
Pérdida progresiva de identidad, ya que la persona comienza a definirse más por lo que evita decir que por lo que realmente es.
Tristeza difusa o desánimo vital, difícil de explicar, porque “en apariencia todo está bien”. El psiquiatra español Enrique Rojas señala que 

«La represión emocional sostenida genera un empobrecimiento del mundo interior y una fatiga existencial que no siempre se identifica como depresión, pero que deteriora profundamente la calidad de vida» (La conquista de la voluntad, Planeta).

Muchas personas llegan a consulta psicológica o espiritual con un malestar que no saben nombrar. No hablan de violencia, hablan de vacío, de cansancio, de confusión. Sin embargo, cuando se revisa su historia relacional, aparece un patrón claro: han vivido demasiado tiempo adaptándose para no incomodar.

En estos casos, la salud mental no se deteriora por fragilidad personal, sino por exceso de aguante. El problema no es que la persona sea “demasiado sensible”, sino que ha sido demasiado tiempo fuerte en soledad.

Por eso, uno de los primeros pasos terapéuticos y espirituales no consiste en “cambiar de actitud”, sino en recuperar la legitimidad del propio malestar. Entender que sentirse mal en una relación que desgasta no es un fracaso emocional, sino una señal de salud que pide ser escuchada.

8. Una salida posible: recuperar la palabra sin destruir

Salir de una relación que desgasta no comienza necesariamente con una ruptura inmediata ni con confrontaciones explosivas. En muchos casos, la salida empieza antes, en un lugar más íntimo y silencioso: la recuperación de la palabra propia.

Durante mucho tiempo, a quienes han vivido violencias sutiles se les ha pedido paciencia, adaptación, fortaleza. Rara vez se les ha enseñado a reconstruir una palabra que no ataque, pero tampoco se anule. Y sin palabra, no hay sujeto; solo supervivencia.

Recuperar la palabra no significa decirlo todo ni decirlo de cualquier manera. Significa volver a habitar lo que se dice, asumir que hablar es un acto ético, emocional y relacional. Es aprender a nombrar lo que duele sin convertirlo en arma, pero también sin seguir escondiéndolo.

En este proceso, la palabra cumple al menos tres funciones sanadoras:

Ordena la experiencia, permitiendo comprender lo vivido sin minimizarlo ni exagerarlo.

Restituye la dignidad, porque quien puede nombrar su dolor deja de sentirse culpable por sentir.

Establece límites, recordando que amar no implica desaparecer ni soportarlo todo.

Desde una perspectiva espiritual profunda, la palabra no es solo un instrumento de comunicación, sino un lugar de encuentro con la verdad. La tradición bíblica y humanista coinciden en algo esencial: cuando la palabra es silenciada, la persona se fragmenta; cuando la palabra se libera, la persona se reconstituye.

Por eso, recuperar la palabra es también un acto de fe en lo humano. No se trata de hablar para herir ni para imponerse, sino de hablar para existir con verdad. A veces esa palabra será pronunciada en diálogo; otras veces será escrita, pensada, rezada o acompañada en un proceso terapéutico. Lo importante no es la forma inmediata, sino el movimiento interior: dejar de traicionarse.

Sanar, en este sentido, no es aprender a gritar más fuerte, sino aprender a decir lo necesario, en el momento posible y desde un lugar cuidado. Es pasar del silencio que enferma a una palabra que, poco a poco, libera.

Tarea: nombrar para no desaparecer

No toda relación violenta grita. Algunas susurran durante años, hasta que la persona ya no recuerda cuándo empezó a callar ni por qué dejó de decir lo que sentía.

La violencia más peligrosa no siempre es la que irrumpe con fuerza, sino la que se vuelve costumbre. Aquella que se normaliza, se justifica, se espiritualiza o se disfraza de amor, de paciencia o de madurez emocional. Cuando eso ocurre, el daño no se vive como injusticia, sino como destino.

Nombrar estas violencias no convierte a nadie en conflictivo ni exagerado. Al contrario: es un acto de lucidez, de dignidad y de cuidado propio. Poner palabras donde antes solo había silencio no rompe vínculos sanos; lo que hace es desenmascarar dinámicas que ya estaban rompiendo por dentro.

Callar, cuando se vuelve una forma de supervivencia permanente, termina enfermando. No porque la persona sea débil, sino porque ningún ser humano está hecho para desaparecer de sí mismo en nombre de la paz, del amor o de la fe.

Recuperar la palabra —esa palabra lenta, consciente, honesta— no es un gesto de rebeldía, sino de sanación. Es el paso silencioso pero firme de quien decide dejar de traicionarse. A veces esa palabra abrirá diálogo; otras veces marcará límites; otras simplemente devolverá claridad interior. En todos los casos, devuelve humanidad.

Si algo de lo que has leído aquí resonó contigo, no lo descartes ni lo apresures. Tal vez no sea momento de hablarlo todo, pero sí de escucharte con más verdad. Porque cuando una persona vuelve a habitar su palabra, deja de apagarse poco a poco y empieza —aunque sea despacio— a reconstruirse.

Y eso, ya es un acto profundo de sanación.


Referencias bibliográficas

  • Álava Reyes, M. J. – La inutilidad del sufrimiento. La Esfera de los Libros.
  • Han, Byung-Chul – Psicopolítica. Herder.
  • Bucay, Jorge – El camino del encuentro. RBA.
  • Pagola, José Antonio – Volver a Jesús. PPC.