DE LA "RELIGIÓN DEL CONTROL" A LA ESPIRITUALIDAD DEL DISCERNIMIENTO

Cuando la fe se volvió vigilancia

Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com

Durante siglos, una parte significativa de la experiencia religiosa se organizó alrededor del control: control de las conductas, de los cuerpos, de las conciencias y, en no pocos casos, del pensamiento crítico. La religión, nacida como experiencia de sentido, vínculo y liberación, terminó muchas veces convertida en sistema de regulación moral, más preocupado por vigilar que por acompañar, por uniformar que por comprender. Esto quiere decir que la experiencia de lo trascendente ha oscilado entre dos polos fundamentales: la estructura y la libertad, la autoridad y la conciencia, el dogma y la experiencia.

Por un lado, se ha erigido lo que podríamos denominar una "religión del control", un sistema donde la ortodoxia, la jerarquía y el cumplimiento normativo priman, ofreciendo certeza, orden y un mapa claro de la realidad.

Por otro, emerge con fuerza una "espiritualidad del discernimiento", un camino interior que privilegia la escucha profunda, la elección consciente y la responsabilidad personal frente al misterio. Este artículo explora este tránsito crucial, no como una mera sustitución, sino como una evolución profunda de la conciencia humana, con implicaciones radicales para nuestra vida íntima y nuestro tejido social, marcando el paso de un individualismo autosuficiente a una comunidad integradora.

No se trata de una caricatura ni de una acusación ligera. Es un hecho ampliamente estudiado por la teología, la sociología de la religión y la psicología pastoral. El problema no es la norma en sí —toda comunidad necesita referentes— sino cuando la norma suplanta al discernimiento, cuando la obediencia anula la conciencia y cuando Dios es usado como argumento de control más que como fuente de libertad.

Hoy asistimos a un desplazamiento profundo, silencioso pero irreversible: de una religión del control a una espiritualidad del discernimiento. No es una moda espiritual ni una concesión al relativismo; es madurez en la fe que sabe dialogar con la historia, la dignidad humana y la complejidad del mundo actual.


1. Y… ¿Qué es la religión del control?

No estamos ante una simple renovación del lenguaje religioso ni frente a una moda espiritual pasajera. Lo que hoy está ocurriendo —aunque muchos no sepan nombrarlo— es un desplazamiento de paradigma: una manera distinta de vivir, comprender y practicar la fe, que no es otra cosa que volver a las raíces. Jesucristo no fundó un “ente de control”, sino una comunidad de creyentes al servicio de la humanidad.

Durante siglos, la religión ha funcionado como sistema de control: regula conductas, establece fronteras claras entre lo permitido y lo prohibido, define quién está dentro y quién fuera. Este modelo ofrece seguridad, orden y pertenencia, aunque a un alto precio: la reducción de la conciencia personal y el empobrecimiento del discernimiento ético.

En resumen, “religión del control, se ha caracterizado por:

  • Verdad posesiva y dogmática: La verdad es un depósito estático, definido y custodiado por una autoridad incuestionable (textos, magisterio, líder). El cuestionamiento es herejía, la duda es debilidad.
  • Salvación/Éxito por adhesión y cumplimiento: La gracia o la realización se obtienen mediante la obediencia a reglas, ritos y conductas preestablecidas. Se promueve una moralidad basada en el "deber ser" externo, generando a menudo culpa y miedo.
  • Jerarquía piramidal y mediación obligada: La relación con lo divino o con el sentido último está mediada por una estructura que concentra y administra el acceso. La verticalidad es esencial.
  • Identidad por oposición: El "nosotros" se fortalece definiéndose contra un "ellos": infieles, pecadores, mundanos. Esto genera cohesion interna, pero a costa de la exclusión y el sectarismo.

El individuo en este sistema encuentra un refugio seguro a cambio de autonomía. La responsabilidad moral es un imperativo categórico: "la norma lo dice". Sin embargo, esta seguridad tiene un costo elevado: la atrofia del músculo espiritual interior, de la capacidad de escuchar y responder desde la propia conciencia.

Hoy, en cambio, emerge con fuerza una espiritualidad del discernimiento, más consciente de la complejidad humana, más atenta a los procesos que a las apariencias, más preocupada por formar personas adultas que por producir obedientes disciplinados. Desde la teología pastoral, esto se traduce en una fe que vigila más de lo que cuida, que sanciona más de lo que sana. Este paso no es una traición a la fe; es, en muchos sentidos, su madurez histórica y la fidelidad a sus raíces.

2. Y… ¿Qué es la espiritualidad del discernimiento?

El discernimiento, término con raíces profundas en tradiciones místicas como la ignaciana, no es "hacer lo que a uno le da la gana". Es un arte y una disciplina de sensibilidad fina. Es la práctica de:

Escucha profunda: Atender no solo a los dictados externos, sino a los movimientos internos del espíritu: las consolaciones (lo que da vida, paz, unidad) y las desolaciones (lo que mata, inquieta, divide). Se escucha también la realidad, el sufrimiento del otro, el grito de la tierra.

Libertad interior: Cultivar un espacio interno libre de apegos desordenados (al prestigio, al poder, al confort, incluso a las propias imágenes de Dios) para poder elegir con autenticidad. Es un trabajo de desapego y humildad.

Elección consciente y comprometida: Tomar decisiones desde esa escucha y esa libertad, asumiendo la plena responsabilidad de sus consecuencias. La autoridad última se desplaza al santuario de la conciencia iluminada.

Verdad como camino y encuentro: La verdad no es sólo una proposición que se posee, sino una relación dinámica, un diálogo vivo que se va revelando en el proceso mismo de búsqueda honesta. Aquí, la espiritualidad se des-institucionaliza parcialmente y se interioriza y personaliza. El mapa cede paso al viaje en sí mismo.

San Agustín, desde su experiencia de conversión, propuso una espiritualidad centrada en el discernimiento interior guiado por la caridad, más que en la mera adhesión a normas externas. Su célebre principio «Ama y haz lo que quieras» (In Epistulam Ioannis ad Parthos, VII, 8) sintetiza la confianza en que un corazón unido a Dios y al prójimo es guiado por la Ley de la Gracia escrita en el corazón (De Spiritu et littera, 29). Así, sin negar la comunidad, priorizó una libertad responsable que transita de una religión del control a una fe adulta, donde el amor que discierne se convierte en la norma suprema.

3. Del yo religioso al nosotros creyente

Uno de los cambios más significativos de este tránsito es el paso de una espiritualidad individualista a una comunitaria e integradora. La religión del control tiende a encerrar la fe en el ámbito privado: “mi pecado”, “mi salvación”, “mi conducta”. En cambio, la espiritualidad del discernimiento reconoce que nadie se discierne solo, porque nadie vive aislado.

La teóloga brasileña Ivone Gebara lo expresa con contundencia: “No hay espiritualidad auténtica que no se deje afectar por el dolor del otro y por las injusticias del mundo” (Rompiendo el silencio, Trotta).

El discernimiento auténtico abre la conciencia a lo social, a lo político, a lo ecológico. Integra fe y vida, oración y compromiso, interioridad y responsabilidad histórica. La pregunta ya no es solo “¿Estoy bien ante Dios?”, sino “¿Qué tipo de humanidad estoy ayudando a construir?”. Aquí la comunidad deja de ser un espacio de vigilancia moral y se convierte en laboratorio de humanidad, donde se escucha, se acompaña, se corrige con misericordia y se aprende juntos.

4. Implicaciones personales: de la culpa al sentido

En la vida personal, este paso tiene efectos profundamente sanadores: La fe deja de operar desde el miedo y comienza a hacerlo desde el sentido, la conciencia se fortalece, en lugar de ser anulada, la persona aprende a integrar sus límites sin autoexclusión religiosa, se supera la culpa paralizante para dar paso a la responsabilidad ética madura.

Desde la psicología de la religión, autores como Viktor Frankl ya advertían que una espiritualidad centrada solo en la norma termina vaciando de sentido la existencia, mientras que una espiritualidad del discernimiento ayuda a integrar libertad, responsabilidad y trascendencia (El hombre en busca de sentido, Herder).

5. Consecuencias sociales: fe que humaniza

A nivel social, el impacto es igualmente profundo. Una religión del control suele producir sociedades rígidas, polarizadas y poco dialogantes. Una espiritualidad del discernimiento, en cambio: Fomenta ciudadanos críticos, no fanáticos, promueve el diálogo por encima del dogma ideológico, humaniza la política, la economía y la cultura, desactiva la violencia religiosa y moral.

No es casual que los contextos más violentos estén atravesados por discursos religiosos rígidos que dividen el mundo entre puros e impuros. El discernimiento rompe esa lógica binaria y apuesta por la complejidad reconciliada.

Conclusión: una fe que respira futuro

Pasar de una religión del control a una espiritualidad del discernimiento no es perder la fe; es purificarla, no es relativizar el Evangelio, es tomárselo en serio; no es debilitar la comunidad; es hacerla más humana, más adulta y más evangélica.

Pasar del control al discernimiento es, en esencia, pasar del miedo al amor. Es abandonar la orilla segura de las reglas para navegar en el océano de la gracia. Esta transición nos convierte en sujetos adultos, capaces de una fe crítica, una esperanza activa y una caridad que no juzga, sino que abraza la complejidad de lo humano.

La gran pregunta ya no es quién controla mejor, sino quién acompaña mejor la vida real.

Y ahí, sin ruido pero con firmeza, el discernimiento se presenta como el camino más honesto para una fe que quiera seguir siendo significativa en el siglo XXI. Porque una fe que no libera, no es buena noticia y una espiritualidad que no humaniza, tarde o temprano, se vuelve irrelevante.

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