ELEGIR PRESIDENTE SIN REPETIR LOS ERRORES DE SIEMPRE

Pensar el voto cuando el país está cansado de gritar

Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com

Colombia no está discutiendo solo quién será su próximo Presidente en 2026, está discutiendo qué tipo de país quiere seguir siendo.

La campaña ya empezó y el ambiente vuelve a ser el de siempre: bandos, etiquetas, miedos, rabias heredadas y una violencia cotidiana que ya no sorprende, pero sí desgasta.

La polarización no es una anécdota: es un síntoma de una democracia emocionalmente enferma. Cuando la política se reduce a trincheras, el ciudadano deja de pensar y empieza a reaccionar.

Por tanto, el 2026 no se presenta como una simple alternancia de poder, sino como la oportunidad de decidir si profundizamos la fractura social o si finalmente comenzamos a coser los bordes de una herida que parece no cerrar.

Este texto no pretende decirle a nadie por quién votar, pretende algo más incómodo y necesario: ofrecer cinco criterios de discernimiento político para elegir Presidente en un país herido, desigual y cansado de promesas recicladas.


1. Capacidad real de despolarizar, no talento para explotar el odio

En Colombia hemos confundido liderazgo con estridencia. Un verdadero candidato no es quien grita más duro contra “los otros”, sino quien baja la temperatura moral del país. La capacidad real de despolarizar no se mide por discursos conciliadores en campaña, sino por la disposición efectiva a gobernar sin enemigos internos. 

Explorar el odio es fácil y rentable electoralmente; desactivarlo exige carácter, inteligencia política y madurez ética. Un liderazgo serio no necesita dividir para afirmarse: construye acuerdos sin renunciar a principios, reconoce la dignidad del contradictor y entiende que un país fracturado no se transforma a golpes de narrativa, sino con decisiones que unan, reparen y devuelvan confianza al tejido social.

Al hacer un barrido por los discursos se evidencian expresiones como “destripar”, “pena de muerte”, “venganza”... que más parecen un campo de lucha entre bandas criminales que en propuestas democráticas.

“La política muere cuando el otro deja de ser un interlocutor y se convierte en un enemigo absoluto”. – Hannah Arendt

¿El candidato tiene la estatura emocional, ética y política para gobernar a quienes no votaron por él?

2. Comprensión profunda de la violencia, no discursos simplistas

Colombia no sufre una sola violencia, sino violencias superpuestas: criminal, estructural, simbólica, doméstica, económica y digital. El próximo Presidente debe demostrar que comprende la violencia como fenómeno complejo.

Afirmación clave: La cuestión no es construir más cárceles o reprimir al máximo, sino proponer cómo levantar este país de las ruinas.

3. El Liderazgo de la "Filigrana" (Coser la Fractura)

Basta de caudillos que se alimentan del "enemigo interno". Necesitamos a alguien que pueda sentar en la misma mesa a gremios, movimientos sociales y oposición sin que el diálogo termine en ruptura.

El mesianismo político es una amenaza silenciosa. Cuando un líder se presenta como el único salvador posible, la democracia empieza a desmoronarse desde dentro, porque líder se está disfrazando de esperanza en tiempos de crisis, pero termina erosionando la democracia desde dentro. 

Cuando un líder se presenta como el único salvador posible, anula el pensamiento crítico, debilita las instituciones y convierte al ciudadano en seguidor acrítico. No gobierna con reglas, sino con lealtades; no dialoga, exige fe. 

Como advierte la experiencia histórica, los pueblos no pierden primero la libertad en las calles, sino en la mente, cuando renuncian a la responsabilidad de pensar y delegan su futuro en una figura que promete redención sin límites ni controles.

4. Visión económica con rostro humano y responsabilidad fiscal

Ni el dogmatismo de mercado ni el populismo han resuelto los problemas de fondo. El primero confía ciegamente en que el mercado, sin correcciones éticas ni políticas, se autorregula y reparte bienestar; el segundo promete soluciones rápidas mediante el gasto desmedido y el clientelismo emocional. 

En la práctica, uno suele profundizar la desigualdad y el otro debilitar las instituciones. Colombia necesita superar estas falsas dicotomías y apostar por una economía responsable, productiva y humana, donde el crecimiento vaya de la mano con justicia social y sostenibilidad real.

Como recordaba Amartya Sen, “el desarrollo es la expansión real de las libertades humanas”.

5. Seguridad 4.0: Del Fusil al Control Territorial Efectivo

La violencia ha evolucionado hacia economías criminales complejas. El candidato serio debe proponer una Seguridad Territorial Inteligente: presencia física del Estado respaldada por tecnología y reforma real a la Fuerza Pública. 

La violencia ya no opera solo desde la lógica del fusil y el control armado, sino como un entramado de economías criminales sofisticadas que articulan narcotráfico, minería ilegal, extorsión y control social. 

En este escenario, repetir esquemas del pasado es condenarse al fracaso. Un candidato serio debe comprender que la seguridad hoy exige inteligencia territorial: presencia real y permanente del Estado en las regiones, fortalecida por tecnología, información estratégica y una reforma profunda de la Fuerza Pública que recupere legitimidad, profesionalismo y cercanía con la ciudadanía. Sin Estado en el territorio, la violencia siempre encuentra cómo reinventarse.

El equilibrio es la ética del resultado: La conciencia social sin gerencia es solo una buena intención; la gerencia sin conciencia es tecnocracia fría.


Para continuar la reflexión

El voto en 2026 no puede seguir siendo un acto de fe ciega ni un salto al vacío emocional. Convertir la elección presidencial en un cheque en blanco para un supuesto mesías ha sido una de las grandes trampas de nuestra cultura política: se entrega poder sin condiciones, sin mecanismos claros de evaluación y sin exigencia real de resultados.

Votar no es delegar la conciencia ni suspender el pensamiento crítico; es firmar un contrato de servicios públicos con alguien que debe rendir cuentas, respetar límites y gobernar para todos, no solo para su base electoral.

Colombia, además, no es un tablero de ajedrez dividido entre buenos y malos, patriotas y traidores, ricos y pobres, derecha e izquierda. Es un país de matices históricos, culturales y territoriales, atravesado por contradicciones profundas que no admiten soluciones binarias. 

Quien aspire a la Presidencia debe demostrar que entiende esa complejidad y que sabe administrar tensiones sin incendiarlas. Gobernar no es mover fichas para ganar una partida ideológica; es cuidar un país diverso, herido y plural, donde la realidad exige inteligencia política, sensatez y una ética de la responsabilidad. 

¿Quién puede ayudarnos a volver a convivir sin miedo, sin odio y sin cinismo?

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