¿Es ingenuo hablar hoy de ternura?
Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com
Quizás sí… si creemos que la ternura es debilidad. Pero si entendemos que es una forma de resistencia, una fuerza capaz de desarmar la violencia y restaurar lo humano, entonces la ternura es el gesto más lúcido y valiente de nuestro tiempo. Hablar de ternura hoy no es nostalgia: es profecía. Es recordar que aún en un mundo endurecido, amar sigue siendo un acto revolucionario.
Vivimos tiempos paradójicos. Mientras la tecnología nos conecta instantáneamente con cualquier rincón del planeta, la violencia —física, psicológica, sexual, estructural— fragmenta nuestro tejido social con una fuerza devastadora.
Las cifras de violencia doméstica aumentan, el discurso público se radicaliza, y las redes sociales se convierten en arenas de combate donde la empatía parece un lujo obsoleto. En este contexto, hablar de "ternura" puede parecer ingenuo, casi ridículo.
Sin embargo, es precisamente en este paisaje árido donde la espiritualidad de la ternura emerge no como escapismo, sino como una propuesta subversiva, una revolución silenciosa que desafía las estructuras mismas de la violencia.
La ternura no es debilidad ni sentimentalismo barato. Es una fuerza transformadora que reconoce la vulnerabilidad del otro y responde con una presencia activa, comprometida y sanadora.
La ternura hunde sus raíces en el corazón mismo de Dios, revelado en la Encarnación: un Dios que se hace vulnerable, que toca leprosos, que llora con los afligidos, que lava los pies de sus discípulos.
Como bien señalaba el Papa Francisco en Amoris Laetitia, la ternura es "el amor que se hace cercano y concreto" (n. 28), una manifestación del amor divino que atraviesa la historia humana buscando restaurar lo que la violencia ha roto.
En este ensayo te propongo explorar la espiritualidad de la ternura como respuesta antropológica, espiritual y cultural a la violencia sistémica de nuestro tiempo, especialmente aquella que se manifiesta en los espacios más íntimos: el hogar, las relaciones de pareja, los vínculos familiares.
Porque si la violencia doméstica es el síntoma más doloroso de una cultura que ha perdido la capacidad de reconocer la sacralidad del otro, la ternura es el antídoto que nos devuelve a nuestra humanidad más profunda.
La ternura en tiempos violentos
Recuperar lo humano
Desde una mirada antropológica, la ternura es constitutiva de lo humano. El ser humano nace radicalmente vulnerable, dependiente del cuidado tierno de otros para sobrevivir. Esta vulnerabilidad originaria no es una deficiencia, sino la condición que hace posible la relacionalidad, el encuentro, la construcción de vínculos.
Sin embargo, la modernidad tardía ha cultivado un imaginario cultural que asocia la vulnerabilidad con debilidad y exalta una masculinidad tóxica construida sobre la dureza, el control y la dominación.
La violencia de género y doméstica no son fenómenos aislados, sino expresiones de una crisis antropológica más profunda: la incapacidad cultural de integrar la vulnerabilidad como parte esencial de nuestra humanidad.
Como señala la teóloga feminista Elizabeth Johnson, cuando negamos nuestra fragilidad constitutiva, generamos mecanismos compensatorios de poder que terminan ejerciéndose sobre los cuerpos más vulnerables: mujeres, niños, ancianos.
La espiritualidad de la ternura propone una antropología alternativa, donde la vulnerabilidad no es el enemigo a vencer sino el espacio sagrado del encuentro. En la tradición católica, encontramos esta visión en la teología del cuerpo de Juan Pablo II, pero también en la mística franciscana que reconoce la fraternidad universal como reconocimiento de nuestra común fragilidad.
Ser tierno no es renunciar a la fortaleza, sino descubrir una fortaleza diferente: la del amor que sostiene, acompaña y restaura.
Fundamentos bíblicos y teológicos: Dios es ternura
"¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, yo no te olvidaré" (Isaías 49,15).
La Escritura está atravesada por imágenes de un Dios tierno. El término hebreo rahamim (entrañas, misericordia) aparece constantemente para describir la compasión divina, vinculando el amor de Dios con la ternura visceral de una madre.
En el Nuevo Testamento, Jesús encarna esta ternura divina de forma radical. Su ministerio está marcado por gestos de ternura transgresora: toca a los intocables (Mc 1,41), abraza a los niños cuando los discípulos los apartan (Mc 10,13-16), llora ante la tumba de su amigo Lázaro (Jn 11,35), permite que una mujer considerada pecadora le unja los pies con sus lágrimas (Lc 7,36-50).
Cada uno de estos gestos desafía las estructuras de pureza ritual y poder social de su tiempo, revelando que la ternura es profundamente política: reordena las relaciones de poder, dignifica al excluido, humaniza al deshumanizado.
La Encarnación misma es el acto supremo de ternura divina: Dios asume nuestra vulnerabilidad, se hace niño indefenso, experimenta el dolor, la traición, la muerte violenta. Esta kenosis —vaciamiento— no es masoquismo teológico, sino la revelación de que el poder de Dios se manifiesta en la vulnerabilidad asumida libremente por amor.
La ternura como práctica espiritual: pedagogía del corazón desarmado
Si la espiritualidad es el arte de integrar todas las dimensiones de la existencia bajo la mirada del Misterio, la espiritualidad de la ternura es aprender a habitar el mundo con un corazón desarmado. Esto requiere un proceso de conversión profunda que podríamos articular en varios movimientos:
a) Contemplación de la propia vulnerabilidad
El camino comienza reconociendo nuestras heridas, limitaciones y necesidad de los demás. La práctica del examen ignaciano puede ser una herramienta poderosa: revisar el día no solo para detectar pecados, sino para reconocer dónde hemos sido vulnerables, dónde hemos necesitado ternura, dónde la hemos negado.
b) Desarrollo de la empatía encarnada
La ternura no es una emoción etérea sino una capacidad cultivada de sentir-con el otro. Esto implica prácticas concretas: escucha activa sin juicio, presencia contemplativa ante el dolor ajeno, disposición a ser afectado por la realidad del otro. En contextos de violencia doméstica, esto significa aprender a leer las señales de sufrimiento que muchas veces permanecen ocultas tras máscaras de normalidad.
c) Práctica del contacto sagrado
Jesús sanaba tocando. El contacto físico respetuoso y sanador es sacramental: comunica presencia, dignidad, cuidado. En una cultura que ha sexualizado o mercantilizado el cuerpo, recuperar el tacto tierno —un abrazo, una mano en el hombro, la cercanía respetuosa— es acto profético. Sin embargo, esto requiere especial sensibilidad en contextos de trauma, donde el contacto puede re-victimizar. La ternura verdadera respeta los límites y tiempos de sanación.
d) La palabra tierna como liturgia cotidiana
San Benito pedía a sus monjes hablar "con mansedumbre y sin ironía, con humildad y gravedad" (Regla, cap. 7). Las palabras pueden herir o sanar. Cultivar un lenguaje tierno —que afirma, anima, reconoce— es disciplina espiritual. Especialmente importante en relaciones donde ha habido violencia verbal: sustituir el sarcasmo y la crítica destructiva por palabras que restauran la dignidad.
Ternura y justicia: respuesta integral a la violencia
Aquí surge una tensión crucial: ¿Cómo conciliar la ternura con la exigencia de justicia ante la violencia? Algunos han malinterpretado la ternura cristiana como pasividad, como si amar tiernamente significara tolerar el abuso. Nada más alejado de la verdad evangélica.
La ternura auténtica es incompatible con la violencia precisamente porque reconoce la dignidad sagrada de cada persona. Por tanto, confrontar la violencia, establecer límites claros, proteger a las víctimas y exigir rendición de cuentas a los agresores son expresiones de ternura.
En el contexto de violencia doméstica y de género, la espiritualidad de la ternura implica:
- Creer y acompañar a las víctimas: Romper el silencio cómplice que perpetúa el abuso. La ternura significa ser refugio seguro, escuchar sin juzgar, validar la experiencia traumática.
- Establecer límites proféticos: Jesús fue tierno, pero también confrontó duramente a quienes abusaban de su poder (Mt 23). La ternura no excluye la palabra profética que denuncia la injusticia.
- Promover procesos restaurativos: Cuando sea posible y seguro, facilitar caminos de sanación que incluyan justicia, reparación y transformación. Esto no significa reconciliación prematura, sino procesos que honren el sufrimiento de las víctimas y ofrezcan posibilidades reales de cambio a los agresores.
- Transformar estructuras: La violencia tiene raíces culturales, económicas y políticas. La ternura no se queda en lo individual: impulsa cambios en legislaciones, políticas públicas, educación, imaginarios culturales.
Encarnar la ternura hoy
Para que la espiritualidad de la ternura sea algo más que bella teoría, necesitamos prácticas concretas, innovadoras y culturalmente pertinentes:
a) Círculos de ternura radical
Espacios comunitarios donde se practique la vulnerabilidad mutua, inspirados en las prácticas de Comunidades Eclesiales de Base pero con énfasis específico en sanar heridas de violencia. Grupos donde hombres puedan deconstruir masculinidades tóxicas, donde sobrevivientes encuentren hermandad sanadora.
b) Liturgias de sanación del trauma
Desarrollar celebraciones litúrgicas que reconozcan explícitamente el sufrimiento causado por la violencia doméstica. Rituales que permitan nombrar el dolor, lamentarlo comunitariamente, invocar la presencia sanadora de Cristo y recibir bendiciones de fortaleza y dignidad restaurada.
c) Formación en ternura activa
Programas educativos en parroquias, escuelas y comunidades que enseñen habilidades concretas: comunicación no violenta, primeros auxilios emocionales, detección de señales de abuso, acompañamiento a víctimas. La ternura se aprende y se cultiva.
d) Redes digitales de cuidado
Utilizar tecnología para crear espacios virtuales seguros donde víctimas de violencia encuentren recursos, acompañamiento profesional, comunidad de apoyo. Apps que conecten con líneas de emergencia, documentación de evidencias, planes de seguridad. La ternura también se encarna digitalmente.
e) Teología pública de la ternura
Articular públicamente, en medios, universidades y espacios culturales, una propuesta ética basada en la ternura como alternativa a los discursos de odio. Influir en políticas públicas desde esta perspectiva: presupuestos sensibles al género, programas de reeducación para agresores, sistemas judiciales trauma-informados.
f) Arte y cultura como pedagogía de la ternura
Promover expresiones artísticas —cine, literatura, música, teatro— que narren historias de supervivencia, resistencia y sanación. El arte puede desafiar imaginarios culturales violentos y cultivar sensibilidades alternativas.
Obstáculos y resistencias: las sombras de la ternura
Debemos reconocer honestamente las resistencias que enfrenta esta propuesta:
- Manipulación del lenguaje: La palabra "ternura" puede ser instrumentalizada por agresores para manipular ("si me amaras de verdad, serías más comprensiva con mis arrebatos"). La ternura auténtica nunca justifica el abuso.
- Burnout compassivo: Quienes acompañan a víctimas de violencia pueden experimentar fatiga por compasión. La ternura hacia otros debe incluir auto-cuidado tierno.
- Resistencias culturales: En contextos de hipermasculinidad, proponer ternura a hombres puede percibirse como amenaza a su identidad. Se requiere pedagogía paciente y modelos alternativos de masculinidad.
- Complejidad institucional: Las instituciones eclesiales a veces han sido cómplices del silenciamiento de víctimas. Se necesita conversión institucional, transparencia y políticas claras de protección.
La ternura como insurrección
La espiritualidad de la ternura no es propuesta romántica para almas sensibles, sino insurrección contra las estructuras de muerte que gobiernan nuestra sociedad. Es respuesta profunda a la crisis antropológica que reduce personas a objetos, relaciones a transacciones, amor a dominación.
En una sociedad violenta, ser tierno es acto político. Es afirmar que otro mundo es posible: uno donde la vulnerabilidad no sea castigada sino honrada, donde el poder se ejerza como servicio, donde los vínculos se construyan sobre reciprocidad y respeto.
Para quienes hemos experimentado o acompañado la devastación de la violencia doméstica, sabemos que la sanación es posible pero requiere comunidad. Nadie sana solo. La espiritualidad de la ternura nos convoca a ser esa comunidad sanadora: cuerpo de Cristo que carga las heridas de los demás, que llora con los que lloran, que celebra cada pequeña victoria de la vida sobre la muerte.
La ternura no niega la realidad de la violencia; la enfrenta con la única fuerza capaz de transformarla: el amor que se hace carne. Como María al pie de la cruz, la espiritualidad de la ternura sostiene presencia fiel ante el sufrimiento, sin escapismos ni soluciones mágicas, pero también con esperanza inquebrantable en la Resurrección.
El camino es largo y exigente. Requiere conversión personal, transformación comunitaria, cambio estructural. Pero cada gesto de ternura —por pequeño que parezca— es semilla del Reino, anticipación de ese mundo donde Dios "enjugará toda lágrima de sus ojos" (Ap 21,4).
Mientras tanto, seguimos caminando, aprendiendo a amar tiernamente en medio de la violencia, confiando en que la ternura, como el grano de mostaza, tiene fuerza para transformarlo todo.
Porque al final, la ternura no es opcional sino esencial: es el modo específicamente cristiano de estar en el mundo, el rostro concreto del Evangelio, la firma de Dios en la historia humana. Y en tiempos violentos, es la revolución más necesaria.
Si lo deseas, comenta este artículo

0 Comentarios
Tu comentario ayuda a profundizar la reflexión y el análisis. Muchas gracias.