SER SANTO ¿UN RETO IMPOSIBLE?

 El dilema del santo moderno

Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com

Cada primero de noviembre, la Iglesia nos invita a contemplar la comunión de los santos, esa multitud vestida de blanco que describe el Apocalipsis. Sin embargo, para muchos de nosotros —atrapados entre las notificaciones del móvil, las tensiones laborales, las crisis existenciales y la fatiga pandémica que aún arrastramos— la santidad puede parecer tan lejana como las estrellas: hermosa de contemplar, imposible de alcanzar.

¿Cómo puede alguien que lucha con la ansiedad, que grita a sus hijos en un mal día, que siente rabia ante las injusticias sistémicas, o que batalla con sus propias sombras interiores, aspirar siquiera a la santidad? La pregunta no es retórica. Es existencial. Y merece una respuesta que no se refugie en piadosas generalidades, sino que descienda al barro de nuestra humanidad concreta.

¿Qué significa realmente ser santo?

La primera trampa que debemos desarmar es la imagen edulcorada del santo como un ser inmaculado, flotando en éxtasis perpetuo, ajeno al dolor y al conflicto. Esta caricatura no solo es falsa: es peligrosa. Nos distancia de la santidad al presentarla como una perfección ajena a lo humano, cuando en realidad la santidad es la humanidad llevada a su plenitud.

Ser santo no significa no sentir. Teresa de Ávila experimentó aridez espiritual durante años. Juan de la Cruz escribió su poesía más luminosa desde la oscuridad de una celda-prisión. Edith Stein llevó su brillantez filosófica y su experiencia del horror del nazismo hasta las cámaras de gas de Auschwitz. La santidad no anestesia el dolor; lo transfigura.

Ser santo no es ausencia de conflicto interior, sino presencia radical de Dios en medio de ese conflicto. Es permitir que la gracia trabaje no a pesar de nuestras heridas, sino a través de ellas. Los santos son personas que dejaron que Dios los amara en su fragilidad, en lugar de esperar estar "listos" o ser "dignos" para encontrarse con Él.

Aquí radica el primer giro vanguardista: la santidad no consiste en erradicar nuestra humanidad, sino en santificarla. No se trata de convertirnos en otra cosa, sino en plenamente nosotros mismos, tal como fuimos soñados desde la eternidad. Como escribió Ireneo de Lyon en el siglo II: "La gloria de Dios es el hombre vivo". No el hombre perfecto, sino el hombre vivo, auténtico, integrado.

¿Es imposible ser santo hoy?

Seamos honestos: nuestro contexto es brutalmente hostil a la santidad. Vivimos en una cultura que mercantiliza la identidad, que convierte la atención en commodity, que nos fragmenta en múltiples versiones de nosotros mismos para distintas audiencias. La hiperconectividad nos ha hecho expertos en la dispersión. La inmediatez ha erosionado nuestra capacidad contemplativa. El narcisismo algorítmico de las redes sociales nos entrena para vivir hacia afuera, nunca hacia adentro.

Además, arrastramos heridas colectivas que complican el camino espiritual: la crisis de credibilidad de las instituciones religiosas tras los escándalos de abuso, el trauma intergeneracional de autoritarismos disfrazados de espiritualidad, la fatiga de quienes han experimentado espacios eclesiales como lugares de juicio antes que de misericordia.

Para muchas personas —especialmente mujeres, comunidades LGBTQ+, sobrevivientes de violencia doméstica o religiosa— la palabra "santidad" puede evocar no la plenitud, sino la represión; no la liberación, sino el yugo de expectativas imposibles. ¿Cómo hablar de santidad a quien se le dijo que permanecer en una relación violenta era "cargar su cruz"? ¿Cómo proponerla a quien fue expulsado de comunidades cristianas por su orientación sexual?

Y sin embargo, precisamente aquí emerge la posibilidad radical de la santidad contemporánea. Porque si algo caracteriza a los verdaderos santos es que fueron profundamente contracorriente. Francisco de Asís renunció al mercantilismo emergente de su época. Catalina de Siena reprendió al Papa. Óscar Romero denunció las estructuras de muerte. Dorothy Day combinó el catolicismo ortodoxo con el activismo radical.

La santidad hoy no es imposible: es urgentemente necesaria. Pero exige que distingamos entre la santidad auténtica —que siempre es liberadora— y sus falsificaciones: el perfeccionismo tóxico, el quietismo evasivo, la espiritualidad desencarnada que ignora la justicia.

Cómo aprender a ser santo: Un camino de integración

Si la santidad es posible, ¿Cómo se aprende? Aquí propongo cinco movimientos que recogen la sabiduría de la tradición espiritual católica, pero reinterpretados para nuestro tiempo:

1. Abrazar la vulnerabilidad como puerta, no como obstáculo

La espiritualidad tradicional a menudo enfatizó la ascesis como negación. La espiritualidad contemporánea debe recuperar la ascesis como integración. Esto significa reconocer nuestras heridas sin identificarnos completamente con ellas. Significa llevar nuestra sombra a la luz, no para juzgarla, sino para redimirla.

La psicología profunda (Jung, Rohr, Merton) nos enseña que aquello que negamos no desaparece: gobierna desde el inconsciente. La santidad requiere un trabajo de autoconocimiento que no siempre es agradable, pero es liberador. Teresa de Ávila lo sabía: "El conocimiento propio es tan importante que, aunque estuvierais en el cielo, nunca querría que dejaseis de procurarlo".

2. Cultivar presencia en un mundo de distracción

Si el pecado capital de nuestro tiempo es la dispersión, la virtud correspondiente es la presencia. Estar plenamente aquí, en este momento, con esta persona, en esta tarea. Esto requiere prácticas concretas: períodos de desconexión digital, momentos de silencio, ejercicios de atención plena que no son ajenos a la tradición contemplativa cristiana, sino recuperación de ella.

La oración no es ante todo una obligación moral, sino una práctica de presencia. Es aprender a estar con Dios del mismo modo que estamos con un amigo: sin agenda, sin máscaras, sin necesidad de impresionar. Es el gastar tiempo que caracteriza al amor auténtico.

3. Encarnar el amor en lo concreto y lo político

Uno de los mayores engaños de la espiritualidad burguesa es la privatización de la fe. "Ama a Dios" se reduce a sentimientos piadosos, mientras las estructuras de violencia permanecen intocadas. Pero el mandamiento de Jesús es claro: el amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Y el prójimo no es una abstracción: es el migrante, la mujer maltratada, el trabajador explotado, el planeta devastado.

La santidad contemporánea no puede evadir la dimensión estructural del pecado. El beato Romero lo expresó con claridad profética: "Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios". La coherencia ética —personal y política— no es opcional en el camino espiritual. Es constitutiva.

Para quienes enfrentan o han enfrentado violencia doméstica o de género, la santidad puede implicar el acto radical de poner límites, de romper cadenas, de abandonar situaciones tóxicas que otros etiquetaron erróneamente como "cruz". La verdadera cruz no es el abuso; es el amor que elige libremente el camino difícil por fidelidad al Reino.

4. Vivir desde la identidad, no hacia la identidad

Mucha espiritualidad está contaminada por el espíritu del logro: "haz esto y serás santo". Pero el Evangelio invierte la lógica: primero eres amado (identidad), luego actúas desde ese amor (misión). No nos esforzamos para ganarnos el amor de Dios; nos esforzamos porque ya somos amados.

Este cambio es revolucionario, especialmente en una cultura obsesionada con el rendimiento. La santidad no se alcanza: se recibe. Se descubre como don, no como trofeo. Y esto nos libera de la tiranía del perfeccionismo espiritual.

5. Acompañar y ser acompañado

La santidad no es un proyecto individual. Los santos emergen de comunidades que los sostienen, los desafían, los corrigen con amor. Necesitamos espacios donde podamos ser vulnerables sin ser juzgados, donde se nombre la verdad con compasión, donde el acompañamiento espiritual no sea directivismo clerical sino discernimiento compartido.

Esto es particularmente crucial para personas en los márgenes. La comunidad de los santos incluye a quienes nunca serán canonizados porque su santidad se vivió en lo oculto: madres agotadas, cuidadores silenciosos, activistas quemados, sobrevivientes que eligieron la vida día tras día.

Santos rotos, santos reales

La gran buena noticia es esta: Dios no busca personas perfectas. Busca personas disponibles. No quiere mármoles inmaculados, sino arcilla moldeable. No espera que lleguemos pulidos a su encuentro; nos pule en el encuentro.

La santidad contemporánea será testimonio de que la gracia es real precisamente porque transforma lo real: nuestras ansiedades, nuestras rabias santas ante la injusticia, nuestras cicatrices que no desaparecen pero dejan de definirnos, nuestro compromiso por construir un mundo más justo mientras esperamos el Reino definitivo.

Ser santo hoy es posible si dejamos de lado la imagen del santo de yeso y abrazamos la del santo de carne: ese que duda y confía, que cae y se levanta, que siente la oscuridad pero sigue caminando, que conoce su fragilidad y precisamente por eso se arroja en los brazos de la Misericordia.

El reto no es imposible. Es humano. Profundamente, radicalmente, gloriosamente humano. Porque la santidad, al final, no consiste en dejar de ser humanos para convertirnos en ángeles. Consiste en ser tan humanos que transparentamos lo divino que habita en nosotros desde siempre.

Y eso, hermanos y hermanas, es un reto que vale cada lágrima, cada caída, cada nuevo amanecer en el que elegimos, una vez más, el amor.


"No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario, porque llegarás a ser lo que el Padre pensó cuando te creó". — Papa Francisco, Gaudete et Exsultate

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