Cultivar vínculos sólidos
Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com
Vivimos una época donde la velocidad lo devora todo: vínculos fugaces, relaciones con fecha de vencimiento, promesas en baja resolución. La infidelidad se ha vuelto tan común que algunos la justifican como si fuera un reflejo inevitable del “ser moderno”.
Sin embargo, en medio de esta hiper conexión que desconecta, emerge una verdad que sigue resonando con fuerza: tu fidelidad escribe la biografía de tu amor. No se trata de un romanticismo pasado de moda, sino de una apuesta profundamente contemporánea: cultivar vínculos sólidos en un paisaje afectivo dominado por la inmediatez y la seducción del descarte.
Como señala la filósofa española Victoria Camps, “la fidelidad no es una reliquia moral, sino una forma de responsabilidad con el otro y con uno mismo” (Virtudes públicas, 1990). Y es justamente esa responsabilidad —no la imposición— la que vuelve la fidelidad un acto de libertad madura y no una obediencia ciega.
La fidelidad con columna vertebral
En tiempos donde se aplaude la espontaneidad pero se evita el compromiso, la fidelidad exige raíces. No se sostiene por miedo ni por vigilancia; se sostiene por convicción. El sociólogo Zygmunt Bauman, cuya obra ha sido ampliamente difundida en español, advirtió que las relaciones “líquidas” generan vínculos frágiles porque están construidas para salir corriendo cuando aparece el primer conflicto (Amor Líquido, 2005). La fidelidad, por el contrario, no huye: se queda para construir.
Pero hay que decirlo sin rodeos: ser fiel no significa renunciar a uno mismo. Significa, más bien, tener una brújula interna bien calibrada. En un mundo saturado de estímulos, quien es fiel no lo es porque no vea alternativas, sino porque ha integrado una visión más alta del amor, donde la coherencia vale más que la adrenalina del instante.
La psicóloga chilena Pilar Sordo lo explica con una claridad luminosa: “El amor adulto no se basa en sentir, sino en decidir” (Educar para sentir, sentir para educar, 2013). Y la fidelidad es precisamente esa decisión que se renueva cada día —incluso cuando el deseo fluctúa o cuando la rutina pesa— porque se sabe que hay un proyecto que vale más que un impulso y que jamás te puede llevar a cambiar al ser amado porque encontró refugio en un momento de crisis en una persona diferente a tu pareja.
Optar por otra persona en un momento de crisis es el peor de los escenarios y el camino a la ruina afectiva y sentimental, además de destruir un hogar y producir una profunda violencia psicológica que deja huellas imborrables.
En esta línea, la fidelidad no es ancla: es timón. No inmoviliza, orienta. No es un cerco, es un marco que permite que el amor crezca sin convertirse en caos. La infidelidad, en cambio, rompe la narrativa del vínculo, desdibuja la historia compartida, introduce silencios y sombras que no solo afectan al otro, sino que fracturan la biografía personal, porque cada traición, como afirma el filósofo español Fernando Savater, “deteriora al que la comete antes que a quien la padece” (Ética para Amador, 1991).
En definitiva, la fidelidad es un ejercicio de estilo vital, no un sacrificio. Es una forma de escribir tu vida afectiva con letra clara, sin tachones innecesarios, sin doble relato. Es, sobre todo, una apuesta estética: la belleza del amor íntegro frente al espectáculo efímero de la seducción instantánea.
Lecciones para hoy
a) La fidelidad es una forma de resistencia creativa.
En un mundo que idolatra lo nuevo y desprecia lo constante, ser fiel es una declaración poética: “creo en lo que construimos”. No es nostalgia, es valentía.
b) Ser fiel fortalece la identidad.
La coherencia es un acto de salud emocional. Elegir un mismo corazón cada día —sin aplausos y sin cámaras— forma carácter, profundidad y estabilidad interior.
c) La fidelidad protege el territorio emocional compartido.
Cuando uno cuida el pacto, crea un espacio seguro donde el otro puede ser vulnerable sin miedo a ser reemplazado. Y esa seguridad es un lujo espiritual en tiempos de incertidumbre.
d) La lealtad afectiva mejora el bienestar psicológico.
Investigadores como Enrique Rojas, psiquiatra español, afirman que los vínculos estables y confiables reducen la ansiedad y fortalecen el sentido de propósito (El amor inteligente, 2019). La fidelidad no es solo ética: también es salud.
e) La fidelidad es un acto de creatividad cotidiana.
No se mantiene sola: hay que reinventarla, cuidarla, nutrirla. Pero esa creatividad no nace de la carencia sino de la profundidad: es evolución, no obligación.
Tu fidelidad escribe la biografía de tu amor
Y, como toda biografía, cada decisión deja huella. La fidelidad no es un concepto antiguo, sino una herramienta luminosa para un tiempo que ha olvidado el valor de lo íntegro. En un mundo que celebra lo fugaz, tú puedes elegir lo verdadero. Y en ese gesto, escribir una historia que valga la pena ser contada.

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