Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com
Cinco caminos para construir un mejor país
Colombia ha aprendido a pronunciar la palabra conflicto con una naturalidad que duele. La repetimos en noticieros, discursos, aulas y sobremesas, como si fuera un destino inscrito en la cédula. Pero el país no nació para la guerra ni está condenado a ella.
Esta es una invitación —directa, sin rodeos— a mirar más allá del ruido de las balas y del cansancio moral, a reconocer que Colombia es más grande que su herida.
Este ensayo no es color de rosa, ni niega la historia, ni mucho menos, maquilla el dolor. Auque no deja atrapar en él. Aquí propongo un salto de imaginación ética y política: pasar del país que sobrevive al país que decide. Decidirse por la vida común, por la dignidad cotidiana, por un futuro compartido.
La reflexión no es a olvidar nuestra historia, sino a dejar de ser prisioneros de ella. Este es un llamado a los escépticos, a los jóvenes que buscan un motivo para no migrar, y a los trabajadores que levantan este país cada madrugada.
Tenemos el talento, la geografía y la urgencia histórica. No necesitamos un milagro; necesitamos un plan. Colombia está lista para dejar de sobrevivir y empezar a liderar. El cambio no vendrá de un decreto, sino de una nueva narrativa que escribamos juntos, con la convicción de que lo mejor de nuestra historia está por suceder.
Colombia, más allá del conflicto: la belleza que nos sostiene
Colombia es un territorio de contrastes fértiles. Es biodiversidad que asombra al mundo, agua que canta en páramos y selvas, mares que abrazan dos horizontes. Es cocina mestiza, música que sana, palabra poética que resiste. Es comunidad que se organiza cuando el Estado no llega; es creatividad que florece en la escasez.
Más allá del conflicto, Colombia es su gente: mujeres que sostienen la vida, jóvenes que inventan futuro en barrios y veredas, campesinos que cuidan la tierra, pueblos indígenas y afrodescendientes que guardan memorias largas. Aquí hay capital social, cultural y espiritual suficiente para reconstruir lo común. La belleza no es un adorno: es una fuerza política silenciosa que nos recuerda lo que vale la pena cuidar.
La "berraquera", con "b", como un plus especial, es ese espíritu inquebrantable del colombiano, que convierte la escasez en oportunidad, ahí está nuestro mayor capital. Hemos aprendido a florecer en la adversidad; ahora es momento de florecer en medio de lo retos que nos lanza el conflicto.
Cinco caminos para construir un mejor país
1. Educación para la dignidad y el pensamiento crítico
La educación no puede seguir reducida a cobertura y pruebas estandarizadas. Necesitamos una educación que forme criterio, ética pública y sensibilidad social. Una educación que enseñe a pensar, dialogar y disentir sin destruir.
Propuesta concreta: currículo nacional con énfasis en pensamiento crítico, educación emocional, historia del conflicto con enfoque restaurativo y competencias ciudadanas; dignificación salarial y formativa del magisterio; conectividad real para zonas rurales; alianza escuela–comunidad–empresa.
Recordemo que Paulo Freire defendió una educación liberadora centrada en la conciencia crítica (en su obra Pedagogía del oprimido) y Martha Nussbaum subraya la educación para la ciudadanía democrática (Sin fines de lucro).
2. Justicia social y economía del cuidado
La paz no se sostiene con discursos sino con mesas llenas. La desigualdad es un combustible del conflicto. Colombia necesita una economía que ponga la vida en el centro: trabajo digno, salud accesible, cuidado compartido.
Propuesta concreta: fortalecimiento del empleo formal, apoyo decidido a economías locales y campesinas, sistema nacional del cuidado que reconozca y remunere el trabajo no pago, reforma tributaria progresiva y transparente.
De hecho, la CEPAL ha insistido en la economía del cuidado como pilar del desarrollo sostenible en América Latina.
3. Cultura del diálogo y reconciliación práctica
No hay país posible sin conversación honesta. El diálogo no es ingenuidad; es método. Reconciliar no es olvidar, es transformar la memoria en aprendizaje compartido.
Propuesta concreta: espacios locales de diálogo vinculante, justicia restaurativa con participación de víctimas, pedagogías de memoria en medios y escuelas, políticas de despolarización con incentivos a acuerdos.
Hannah Arendt defendió la pluralidad y la palabra como fundamento de lo político (La condición humana). La Comisión de la Verdad en Colombia mostró el valor de escuchar para recomponer lo común.
4. Instituciones confiables y ética pública
Sin instituciones creíbles, la democracia se erosiona. La corrupción no es solo un delito: es una pedagogía del cinismo. Recuperar la confianza exige coherencia y control ciudadanoz.
Propuesta concreta: meritocracia real, datos abiertos, veedurías ciudadanas con poder, sanción efectiva a la corrupción, simplificación de trámites, protección a denunciantes.
Transparencia Internacional y el BID han documentado la relación entre confianza institucional y desarrollo. Max Weber subrayó la ética de la responsabilidad en el ejercicio del poder.
5. Participación ciudadana y liderazgo comunitario
El país no se cambia solo desde Bogotá. Se transforma desde los barrios, corregimientos y resguardos. La ciudadanía organizada es la mejor política pública.
Propuesta concreta: presupuestos participativos, formación de liderazgos juveniles y femeninos, apoyo a organizaciones sociales, descentralización con recursos y capacidades, tecnología cívica para participación.
Elinor Ostrom demostró la eficacia de la gestión comunitaria de bienes comunes (Governing the Commons). Experiencias locales en Colombia confirman que la participación reduce conflictos.
Para la reflexión final
No somos un país en guerra; somos un país en construcción. La verdadera victoria no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de oportunidades para todos. Es hora de creer en Colombia, no por lo que fue, sino por todo lo que estamos a punto de ser.
Es más, Colombia no es un país condenado, es un país convocado. Más allá del conflicto hay caminos concretos, posibles y urgentes. No se trata de promesas vacías sino de decisiones sostenidas: educar mejor, cuidar la vida, dialogar con verdad, fortalecer instituciones y confiar en la gente.
El futuro no llegará solo. Se construye —con paciencia y valentía— cuando dejamos de preguntarnos quién ganó y empezamos a preguntarnos qué país queremos habitar. Colombia puede, Colombia sabe, Colombia merece más.
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