LA FE ES UN ESTILO DE VIDA, NO UNA CARICATURA

Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com

Hay una fe que se queda en la superficie y otra que te transforma por dentro hasta volverte más humano. La primera es caricatura; la segunda, estilo de vida.

Una historia para abrir la grieta interior

Dicen que en un pequeño pueblo andino habitaba un hombre llamado Silvano. Era conocido por cargar siempre un rosario colgado al cuello, otro en la muñeca y un tercero en la tapa del celular. 

Su casa estaba repleta de estampas, cruces y frases motivacionales. A primera vista, parecía más santo que el calendario litúrgico entero.

Sin embargo, cada mañana, al abrir su negocio, Silvano regañaba sin piedad a su empleada, hacía trampa con las medidas, inflaba los precios y se burlaba de cualquier cliente que le pidiera rebaja. 

Una tarde, un niño al que acababa de engañar con una balanza adulterada le preguntó con naturalidad desarmante:

—Señor Silvano, ¿Y todo eso de Dios que usted carga colgado… sirve para algo?

Silvano guardó silencio... un silencio punzante que lo dejó inquieto. 

Esa pregunta lo persiguió durante días. Descubrió, con un desconcierto triste, que había convertido la fe en un disfraz: mucha escenografía, poca transformación, mucha caricatura, poco estilo de vida.

Esa grieta entre lo que mostraba y lo que vivía se convirtió en un espejo que ya no pudo evitar.

El cuento no termina con un milagro espectacular, ni con conversión para contar en los buses o en los parques, termina con una decisión: Silvano guardó dos de los rosarios, revisó su balanza, pidió perdón a la empleada y comenzó lentamente a cambiar. “No quiero parecer creyente —decía después—, quiero serlo”.

Y ahí empiezan las preguntas que tú y yo también debemos hacernos:

¿Mi fe es un retrato distorsionado… o el pulso vital de mi día a día?

¿Soy un piadoso tradicional que hago rezos y más rezos mecánicos aunque en la casa soy un ogro o soy el primero en juzgar y condenar a los demás? 

1. Vivir la fe como caricatura

La caricatura religiosa es una versión exagerada, simplificada y superficial de la fe. Funciona como máscara, da identidad estética, pero no ética. Aporta símbolos, pero no sentido. 

El teólogo José María Castillo lo advierte con fuerza: “Cuando la religión se reduce a ritos, fórmulas y fachadas, pierde su capacidad de humanizar” (Castillo, La humanización de Dios, 2009).

Esta caricatura aparece cuando:

La fe se convierte en performance, no en camino.

Los símbolos reemplazan la conversión.

Las prácticas sustituyen el discernimiento.

La moral se vuelve espectáculo, no compasión.

La religión sirve para legitimar mis incoherencias, no para sanarlas.

Es la fe que dices tener y no obstante, callas frente al dolor humano. La fe que acusa, pero no acompaña. La fe que cree que Dios es un sticker que se pega para decorar, no un fuego que se enciende para transformar.

El filósofo español Javier Gomá habla de la “ejemplaridad” como condición ética fundamental: “La sociedad se construye por contagio moral, no por discurso” (Gomá, Ejemplaridad pública, 2009). 

La caricatura es justamente lo contrario: mucho discurso, nulo contagio.

2. Vivir la fe como estilo de vida

Vivir la fe como estilo de vida consiste en integrar lo que se cree, lo que se sueña y lo que se hace. Es encarnar, es sostener la coherencia entre lo interior y lo exterior. El papa Francisco lo definía con sobriedad revolucionaria: “La fe auténtica siempre implica un deseo profundo de cambiar el mundo” (Francisco, Evangelii Gaudium, 2013).

Quien vive la fe como estilo de vida:

Permite que la fe oriente sus decisiones, no solo sus emociones. Traslada el Evangelio a su manera de trabajar, no solo a sus palabras. Se reconoce vulnerable y en proceso, no perfecto.

Busca la justicia antes que la apariencia. Hace del amor un hábito, no un eslogan.

San Mateo 7,16 lo resume con precisión quirúrgica: “Por sus frutos los conocerán”. Frutos, no fotos. Estilo de vida, no caricatura.

3. Consecuencias de vivir la fe como caricatura 

Pérdida de credibilidad personal: la incoherencia cansa y tarde o temprano explota.

Espiritualidad vacía: se sostiene por gestos externos, no por convicción interna.

Doble vida ética: se crea una moral pública y otra privada.

Rechazo social: muchos se alejan de Dios no por Dios, sino por sus caricaturas humanas.

Culpa silenciosa: la persona sabe que su fe no tiene peso ni raíz.

Fuga de sentido: la fe, sin práctica real, pierde sabor existencial.

Como advierte la teóloga Dolores Aleixandre: “La fe sin vida es una postal piadosa… bonita, pero incapaz de mover nada” (Inesperada noticia, 2011).

4. Consecuencias de vivir la fe como estilo de vida

Unidad interior: se elimina la doble moral; nace una vida integrada.

Relaciones más humanas y justas.

Coraje moral: el creyente se atreve a elegir lo correcto, aunque incomode.

Testimonio creíble: la fe se vuelve atractiva, no por propaganda, sino por vida.

Transformación social real: la coherencia se contagia, inspira, despierta.

Alegría profunda: no es emoción pasajera, es plenitud ontológica.

El cardenal Carlo Maria Martini lo explicaba con claridad: “Quien vive desde la fe, vive desde un centro que no se quiebra” (La conversión, 1999).

Cuestionamientos finales

La fe caricaturizada es ruido; la fe como estilo de vida es melodía. Una grita símbolos, piedad y devocionalidad vacías, la otra canta coherencia.

La fe no se demuestra, se encarna. La autenticidad es el nuevo púlpito.

La incoherencia espiritual no se resuelve con más ritos, ni devociones, sino con más verdad. Ser creyente es dejar que Dios me configure, no que me maquille.

El mundo no necesita creyentes perfectos, sino creyentes honestos. Gente que reconozca su proceso y camine con otros. La fe solo es fe cuando se vuelve camino cotidiano, ética encarnada y amor en movimiento.

Porque al final, la fe no es un adorno…

no es una caricatura…

no es un accesorio emocional…

Es un estilo de vida que incendia rutinas, despierta conciencia y crea un mundo donde lo divino toma forma en lo humano.

Y quizá, igual que Silvano, el de la historia inicial, todos necesitamos algún día escuchar la pregunta que nos confronta y nos libera:

¿Eso que decimos creer… nos está transformando de verdad?

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