Un ensayo teológico y reflexivo para iluminar un misterio que toca el corazón humano
Un cuento que abre el corazón
Había una niña que todas las noches pedía a su madre que dejara encendida una pequeña lámpara en el cuarto. El resplandor era tenue, apenas una chispa, pero le bastaba para sentirse segura. Una vez, la madre quiso enseñarle algo y apagó la lámpara, dejándola en plena oscuridad. La niña lloró de miedo hasta quedarse dormida. Al despertar, descubrió que la luz había vuelto. Entonces la madre le explicó:
—El miedo que sentiste no venía de la oscuridad en sí, sino de no confiar en que yo estaba contigo. La oscuridad no puede vencer a la luz, porque la luz siempre regresa.
Esta breve parábola nos ayuda a mirar el problema del mal: vivimos entre luces y sombras, y a veces no comprendemos por qué Dios permite la oscuridad; la fe nos recuerda que la última palabra no la tiene la noche, sino la luz.
Seis aspectos relevantes para el análisis
1. El mal como misterio y no como simple problema
La Biblia nos enseña que el mal no se resuelve como un rompecabezas filosófico, sino que se afronta como un misterio que desborda al ser humano. Job, símbolo del justo sufriente, no recibe de Dios una explicación lógica de su dolor, sino una experiencia de encuentro con el misterio divino: “¿Dónde estabas tú cuando cimentaba la tierra? Dímelo, si tanto sabes” (Job 38,4).
El Catecismo lo afirma con claridad: “No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea, en parte, respuesta al problema del mal” (CIC, n. 309). Es decir, no hay respuesta única, sino un entramado de revelación que nos permite comprender poco a poco.
San Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Salvifici Doloris (1984), subrayó que el sufrimiento es “un misterio que se abre únicamente en la cruz de Cristo”. Por tanto, más que preguntarnos “por qué”, estamos invitados a preguntarnos “con quién” podemos atravesar el dolor.
2. La libertad humana y el drama del pecado
En el Génesis, el mal se introduce en el mundo no por voluntad de Dios, sino por la libertad mal usada del ser humano (Gn 3). La tradición enseña, con san Agustín, que el mal no tiene entidad propia: es privación del bien. Dios creó al hombre libre, y la libertad comporta riesgo: “La libertad es lo que hace posible el amor” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1731). Sin libertad no hay amor, y sin amor no hay humanidad.
El mal moral proviene del mal uso de la libertad. El relato del Génesis lo plasma con símbolos: el hombre y la mujer, seducidos por la serpiente, deciden desconfiar de Dios (Gn 3). El fruto prohibido es metáfora de una libertad que quiere desligarse del amor.
San Agustín acuñó su célebre definición: “El mal es la privación del bien” (privatio boni) (Confesiones, VII, 12). No tiene consistencia propia: es ausencia, ruptura, negación de lo que debería estar. El Catecismo retoma esta enseñanza: “Dios no es, en modo alguno, ni directa ni indirectamente, causa del mal moral. Pero lo permite porque respeta la libertad de su criatura” (CIC, n. 311).
La paradoja es dura: Dios nos ama tanto que arriesga a que lo rechacemos. Como escribió Benedicto XVI: “Sólo donde hay libertad puede haber amor” (Deus Caritas Est, n. 17).
3. El mal físico y la fragilidad de la creación
No todo sufrimiento se debe a decisiones humanas: hay males “naturales” como terremotos, pandemias o muertes prematuras. San Pablo afirma: “La creación entera gime hasta ahora con dolores de parto” (Rom 8,22).
La tradición interpreta esto como una consecuencia de la condición inacabada del mundo. El Concilio Vaticano II lo expresa así: “Mientras tanto, toda la creación, juntamente con el hombre, gime y sufre dolores de parto, y espera ser liberada de la esclavitud de la corrupción para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios” (Gaudium et Spes, n. 39).
Aquí no se trata de un Dios cruel, sino de una creación aún en camino hacia su plenitud. Los males físicos nos recuerdan que este mundo es provisorio y que nuestra esperanza última no está en la tierra, sino en el cielo.
4. El mal permitido y la pedagogía divina
La gran pregunta es: si Dios puede evitar el mal, ¿ ¿Por qué no lo hace siempre? La respuesta está en lo que la tradición llama permiso divino. Dios no quiere el mal, pero lo permite porque respeta nuestra libertad y porque puede sacar de él un bien mayor.
San Ireneo decía: “Dios permite que el hombre sea probado, no para perderlo, sino para que aprenda a conocerlo y amarlo” (Adversus Haereses, IV, 37).
Santo Tomás de Aquino lo sintetiza con fuerza: “Dios omnipotente no permitiría jamás que existiera ningún mal en sus obras si no fuera lo bastante poderoso y bueno para hacer surgir un bien del mismo mal” (Summa Theologiae, I, q. 2, a. 3, ad 1).
Es la lógica pascual: del Viernes Santo brota la Pascua; de la herida, la redención.
5. El rostro de Cristo: Dios no es indiferente al sufrimiento
El cristianismo no responde al mal con teorías, sino con una persona: Jesucristo. Él cargó sobre sí el pecado y el sufrimiento del mundo. “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pe 2,24).
Benedicto XVI lo expresó de manera luminosa: “El Dios que tiene un rostro humano ha sufrido por nosotros y con nosotros. Aquí está el corazón de la respuesta al problema del mal” (Spe Salvi, n. 39).
En la cruz descubrimos que Dios no es un observador distante, sino un compañero solidario. Cristo no eliminó el sufrimiento, pero le dio un sentido: lo transformó en camino de amor y redención.
6. La esperanza escatológica: el mal no tiene la última palabra
Finalmente, la fe proclama que el mal es limitado y pasajero. La visión del Apocalipsis es contundente: “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni dolor, porque las cosas viejas pasaron” (Ap 21,4).
San Pablo se atreve a afirmar: “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros” (Rom 8,18).
Benedicto XVI añade: “Sólo donde existe un futuro eterno puede existir también una esperanza grande y definitiva” (Spe Salvi, n. 31).
La esperanza cristiana no es evasión: es fuerza para resistir, para luchar contra el mal y para transformar el mundo con la certeza de que el amor de Dios tendrá la última palabra.
Para interiorizar en tu corazón
El misterio del mal no es un problema que deba ser "resuelto" por la lógica humana, sino un misterio ante el cual debemos arrodillarnos con fe. Si intentamos juzgar la bondad de Dios solo por la ausencia de dolor, caemos en la tentación del aprendiz de la historia, juzgando la obra por el revés.
La respuesta definitiva de la teología y la fe no es una fórmula, sino una Persona: Jesucristo crucificado y resucitado. Él es el Dios que no es indiferente al dolor, sino el que lo padece y lo vence.
Dios no permite el mal porque sea débil o porque sea indiferente, sino porque su amor valora infinitamente más nuestra libertad (aún a riesgo de nuestra caída) y porque su poder es tan grande que puede reordenar la oscuridad más profunda para que sirva a un plan de luz y redención.
La vocación del creyente es confiar en la promesa de que, en la eternidad, al mirar el tapiz completo, exclamaremos con asombro la frase de la Vigilia Pascual: "¡Feliz culpa!" que nos mereció tan gran Redentor.
Luis Daniel Londoño Silva. Licenciado en Teología.

1 Comentarios
Muy interesante reflexión, tema muy complejo a tratar, para muchos cristianos que somos perseguidos y vituperados por nuestras creencias, se cuestiona nuestra fe por parte de muchos "ateos" Que si Dios existiera no permitiría todo el mal en el mundo.
ResponderBorrarGracias por este valioso aporte.
Tu comentario ayuda a profundizar la reflexión y el análisis. Muchas gracias.