Por Luis Daniel Londoño Silva|Humanizar Creando|dalonsi@gmail.com
“El hombre que nadie vio caer”
A veces la vida nos anestesia sin pedir permiso, y dejamos de sentir que el otro importa. Cuando volvemos a escuchar el latido humano frente a nosotros, algo despierta: la esperanza. Hoy te invito a volver al centro, a tocar el mundo con un corazón despierto, porque nada transforma más que un gesto humano que reconoce al otro como un milagro cotidiano.
A las 6:42 de la mañana, en una estación de TransMilenio en la ciudad de Bogotá, un hombre cayó. No un desmayo elegante ni una caída cinematográfica, cayó como caen los cuerpos cuando ya no pueden sostener ni su propia historia. Tenía 74 años, los bolsillos llenos de recibos sin pagar y un cansancio viejo escrito en las arrugas. Se desplomó en medio de la multitud.
Lo perturbador no fue la caída. Lo perturbador fue la multitud.
Cientos de personas esquivaron su cuerpo con la misma naturalidad con la que se rodea un charco. Alguien lo miró sin detenerse; otro pensó “seguro está borracho”; una mujer quiso ayudar, pero recordó que “iba tarde”. Dos adolescentes grabaron desde lejos, sin acercarse. El Transmi llegó. La multitud abordó. Las puertas se cerraron.
El hombre quedó allí, en el suelo, acompañado solo por el eco de los pasos que lo ignoraron. Cuando por fin alguien se detuvo —un barrendero del lugar, migrante silencioso—, el hombre respiraba apenas. No murió por la caída, dijeron después los médicos. Murió por un infarto que pudo haberse atendido si alguien hubiese puesto la rodilla en el suelo a tiempo.
La noticia apenas apareció en un recuadro pequeño de un informe básico de este medio de transporte.
La gente pasó página, la vida siguió... era uno más, para la mayoría un NN. Sin embargo, un vacío extraño quedó flotando en el aire, como si ese hombre fuera todos nosotros. Como si su caída revelara que hay una herida social profunda: la indiferencia se volvió paisaje.
La epidemia silenciosa de no importar
En un mundo que celebra la eficiencia por encima de la empatía, estamos perdiendo la capacidad de sentir al otro como un espejo vivo y no como un obstáculo entre mis prisa y mis metas.
La psicóloga española Victoria Camps advierte que “la indiferencia es hoy una de las formas más extendidas de violencia” (El gobierno de las emociones, Herder, 2011). Lo inquietante es que esta violencia no deja moretones visibles, pero sí fracturas morales.
Vivimos rodeados de pantallas que han vaciado de alma los vínculos; bien lo afirmaba el sociólogo Zygmunt Bauman, un escritor que cito con frecuencia porque ha descrito como ninguno: "nuestras relaciones se han vuelto “descartables” (Amor Líquido, FCE, 2005), preferimos la distancia emocional porque nos parece más práctica, menos exigente, menos demandante, aunque la verdad es otra, cuando dejamos de sentir que el otro importa, perdemos la brújula humana que sostiene toda convivencia, de ahí e3sa violencia tóxica y avasallante que a diario experimentamos.
No nos quedemos ahí... imaginemos esa multitud "invisible" que vive en circunstancias inhumanas y que cada cuatro años, hablo de Colombia, anhela un cambio de gobierno con la esperanza de que las cosas van a ser mejor... lo demás lo dejo a la interpretación de cada uno de ustedes que está leyendo este artículo. Tan sólo me atrevo a decir: el otro importa porque representa un voto, no porque realmente sea el interés de quien asumen las riendas de una nación.
En este ensayo te propongo volver al origen, volver al pulso humano que nos salva del cinismo y de la anestesia emocional; porque, a pesar de todo, el corazón humano sigue reclamando su derecho a sentir, y nuestra sociedad necesita escuchar ese reclamo.
1. Volver a mirar sin prisa: la revolución de la presencia
La filósofa española Marina Garcés habla de “la mirada que sostiene” (Nueva Ilustración Radical, Anagrama, 2017): una mirada que no atraviesa al otro, sino que se detiene y lo reconoce. Hoy miramos sin ver, observamos sin interpretar, vemos cuerpos, pero no historias.
Volver a mirar implica detener el paso, bajar las defensas, conceder importancia al rostro ajeno. Es un gesto simple y profundamente subversivo en tiempos de velocidad. Mirar así es decir sin palabras: existes para mí.
2. Practicar la ternura como acto de resistencia
La ternura no es cursilería: es una fuerza política y espiritual. El escritor uruguayo Mario Benedetti la llamaba “la caricia que rompe las murallas”. Y la psiquiatra Marian Rojas Estapé demuestra que "los gestos de ternura activan oxitocina, reducen estrés y fortalecen vínculos humanos auténticos" (Cómo hacer que te pasen cosas buenas, Espasa, 2018).
La ternura no es debilidad, es valentía emocional, es el arma más fina contra la brutalidad cotidiana; tener gestos de ternura —una escucha, una palabra, una mano extendida— nos devuelve a la humanidad perdida.
3. Reaprender la empatía: sentir desde dentro
La empatía no es decir “te entiendo”. Es dejar que la historia del otro me toque, es permitir que su dolor rocé mis fronteras, es una experiencia encarnada, no conceptual. El investigador canadiense Daniel Siegel señala que la empatía profunda es un acto de “sintonía interpersonal” (The Mindful Brain, Norton, 2007), no se trata solo de comprender, sino de resonar con la emoción ajena, para volver a sentir que el otro importa, necesitamos practicar la escucha lenta: sin interrupciones, sin prisa, sin la ansiedad de responder. Escuchar para comprender, no para ganar.
4. Sacar la emoción del congelador: romper la anestesia afectiva
La anestesia emocional es uno de los males más peligrosos de nuestra época. Para no sufrir, mucha gente decidió no sentir y no tuvieron presente que, cuando apagamos el dolor, apagamos también la alegría, la ternura, el sentido y la esperanza.
La psicoterapeuta Silvia Salinas advierte que somos “una sociedad que vive con el alma en modo avión” (Amar lo que es, Planeta, 2016). Volver a sentir que el otro importa exige primero descongelar el propio corazón. Yo agregaría que esa anestesia emocional es también causada por la rutina, por llevar una existencia sin novedad, sin flow.
Podemos saliar de ese mundo indolente de anestesía emocional con pequeños gestos de vulnerabilidad: llorar cuando algo duele, decir que necesitamos ayuda, admitir que sentimos miedo, pedir compañía, pues quien se abre, siente, quien siente, se conecta y quien se conecta, recuerda que el otro importa y mucho.
5. Volver a ser un "nosotros"
El filósofo Jordi Pigem, con impresionante lucidez, afirma que “la hiper tecnologización del mundo nos ha vuelto emocionalmente analfabetas” (Inteligencia Vital, Kairós, 2017), y uno de los síntomas más evidentes es la pérdida del “nosotros”. Preferimos vivir como islas, aunque la vida real es un hermoso archipiélago.
!Cuidado! Recuperar la comunidad no es organizar grandes eventos: es saludar a los vecinos, ofrecer ayuda a un desconocido, compartir mesa, construir espacios donde las personas no sean números, sino historias. La comunidad es el territorio donde el otro vuelve a tener nombre.
6. Humanizar lo cotidiano: hacer de la bondad un hábito
La bondad diaria, la discreta, la que no presume, es una música que puede reencantar el mundo. La psicología positiva del español Rafael Bisquerra subraya que los “microactos prosociales” tienen la capacidad de modificar el clima emocional colectivo"(Educación emocional, Síntesis, 2011).
Un gesto amable hoy puede salvar un corazón mañana; un “¿cómo estás de verdad?” puede evitar que alguien se hunda; una mano extendida puede cambiar el curso de una vida. Cada acción de humanidad es una declaración revolucionaria frente a una cultura que suele mirar para otro lado.
Volver a sentir es volver a ser
La historia del hombre que cayó en la estación de TransMilenio, no es solo una historia triste: es un espejo. Refleja lo que estamos normalizando, refleja lo que hemos dejado de ver, refleja lo que todavía podemos cambiar.
Volver a sentir que el otro importa es una tarea urgente, una reparación necesaria y un camino espiritual que nos salva de convertirnos en máquinas funcionales pero emocionalmente vacías; no es nostalgia: es el destino humano.
Si queremos que este presente y por tanto, el futuro sea verdaderamente humano, no se construirá solo con tecnología, economía o algoritmos. Se construirá con presencia, empatía, ternura, comunidad, vulnerabilidad y bondad.
Volver a sentir que el otro importa es volver a respirar desde dentro, es volver a escuchar el pulso del mundo, es volver a mirar la vida con ojos despiertos, es, en definitiva, volver a ser humanos.

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